26.3.06

lo he conseguido!

He conseguido que ya nadie lea mi blog, ay qué dejadez. No colgué la práctica de audio (ahora ya no me apetece hacerlo) y el fotolog sigue supurando levemente la reflexión que le suponía a este espacio. Una penita.
Me debato entre cerrar definitivamente este cuaderno apolillado o seguir callando a la pared mientras se me ocurre algo que contar aquí.
Vale, ya lo tengo, se trata de una historia que escribí hace tiempo y que describe un hecho real:

“Jamás he sabido aguantar la mirada a un desconocido, soy la perfecta viajera del metro de Madrid. Mis ojos apuntan a cualquier parte del suelo para fusilar, por ejemplo, el cordón de un zapato ajeno. Pero esta tarde no, me he dejado las gafas de sol puestas y viajo de incógnito de mí misma. Así observo impunemente a los demás desde mi asiento, tan tranquila.
Frente a mí, en el extremo opuesto, se sienta un hombre de unos setenta años, delgado y gris, que estrangula un sobre abultado. Con la mano que le queda libre procura, compulsivamente, arreglarse el pelo, hasta que decide que su esfuerzo es inútil y la deja caer en la barra horizontal.
Las puertas se cierran y el metro comienza de nuevo a moverse incrementando lentamente la velocidad.
A mi lado se levanta una mujer muy alta que parece prepararse para bajar en la próxima estación. Exuberante morena de pelo largo, ojos claros y tez pálida, viste una camiseta negra y pantalones de algodón tatuados a la piel.
Él la mira sin poder evitarlo, ella se coloca junto a él, anclada entre la barra superior y la vertical y comienza a balancearse al compás del traqueteo del metro. Lo hace con leves movimientos, segura, mientras su cadera se aproxima más a ese codo que él no piensa mover ni un milímetro.
Por fin ella se agacha y le susurra algo al oído. Él niega poco convencido y aprieta con fuerza su sobre blindado.
La mujer se incorpora y continúa una estación más, burlando a la gravedad sobre unas deportivas de plataforma; ahora sólo sujeta con una mano a la barra que hay sobre su cabeza, mientras la otra pasea, coqueta, por el brazo de él. De ahí, ágil, salta al bolsillo de su camisa y, como una niña traviesa, mira dentro. Aprovecha para volver a susurrarle algo que provoca en el hombre un gesto de sorpresa y que descompone, por un momento, su casi impávido rostro.
El tren de nuevo se para y ella se baja rendida.
Él duda sólo un instante, el que tardan las puertas en volver a cerrarse, hasta que le sobresalta el pitido. Entonces persigue con la mirada el rastro de la caricia en el codo, el interior del bolsillo vacío y se concentra en los dedos de la mano, los estira y encoge buscando alguna marca que le demuestre que ha sido real.
Sonríe, y de sus labios brota una inmensa alegría, primero despacio, pidiendo permiso, y luego a chorro hasta que el grifo se cierra inexplicablemente de golpe.
Yo, desde mi trinchera de cristales negros, imagino que sabe que, cada vez que el metro se detenga en Moncloa, será inevitable volverse para buscarla entre la gente . Le veo mirar orgulloso el sobre intacto, aliviado porque nadie le quitará el instante en que creyó volver a ser el dandy de antaño pero, en el fondo, triste por haber perdido el tren en el propio tren.”

23.2.06

soy lo peor

Decidí superar el ombliguismo y hemos llegado a Febrero sin un solo post. Supongo que tiene bastante que ver el fotolog...o que no soy capaz de dejar de mirarme el ombligo, vaya usted a saber.
Pero me he propuesto obligarme a vomitar palabras, a sacarme las cosas de dentro, a hacer tabla rasa con el silencio y esperar a que del ombligo emerjan los impulsos que componen letras en este cuadradito.
Hoy me he dado cuenta de que callo demasiado, de que, además de tener tendencia a no saber decir que no, la tengo, simplemente, a no saber decir. Puede que dé demasiadas cosas por supuestas y por eso no se me entiende.
Así que el primer ejercicio consiste en describir silencios, y ya que lo tengo que hacer como práctica para audio y música digital, intentaré compartirlo con vosotros. Consiste en escoger cinco horas del día y escuchar durante cinco minutos...vuestro papel consitiría en intentar adivinar el dónde y el cuándo.
Seguiremos informando.

22.10.05

Abajo el ombliguismo!

Propósito dedicado a David, este blog está en proceso de desechar el ombliguismo...

4.10.05

estado de excepción

A la una y media de la tarde, en mi trabajo, y tal y como están las cosas, las botellas siempre se ven medio vacías. La hora y media que falta para salir se hace eterna, de engrudo pegajoso. Los minutos no pasan, retroceden. Remolonean tanto que me gustaría encontrar la fórmula para congelarlos y estirarlos en momentos más dulces, de esos que apuran un suspiro cuando respiras en la nuca de alguien.
Silencio. Más silencio.
Teléfono.
Mi cabeza no vuela, lo único que se me ocurre pensar es que sólo le faltaba a este estado de excepción imponer el horario insular. Shhhhhhhh…, lo pienso bajito por no dar ideas.
Me quedo quieta, muy quieta, intentando desaparecer. Trato de colarme por una rendija del suelo y reaparecer en la calle. Que la luna me esconda entre ella y el sol, que nadie note que me he ido.
Estoy de guardia, pero parece que no trabajo (aunque mi empresa me pague por estar aquí aburrida hasta la extenuación).
Me estiro el pelo con fuerza para que no se dibujen en el aire los bocadillos que saldrían de mi cabeza si les dejase.
Miro fijamente la columna contra la que estoy castigada, con el sueño desencajándome por completo la mandíbula que suena a botón de off.
De vez en cuando un móvil interfiere con mi ordenador y creo que será el mío, que alguien me sacará de paseo hasta la sala de café para una charla breve de cigarrito.
De vez en cuando me doy un paseo al baño, a por agua a la máquina, a por un susurro-conversación y el saldo es un paquete de tabaco arrugado en la basura.

Esta mañana tenía que haber estado en clase, hoy libraba, pero, como ya he dicho, se impone el estado de excepción. Lo que no sé es cuánto tarda lo excepcional en convertirse en habitual, quizá me entere hoy, a lo sumo, mañana.

25.9.05

el porqué de las cosas

Hacía demasiado tiempo que un libro no significaba para mí un billete en una estación tan propia como ajena. Que no me llevaba de paseo por las contradicciones necesarias para mantenerme, de un tirón, tatuada a sus páginas. “El por qué de las cosas” de Quim Monzó sí lo ha conseguido. Tan concreto y directo, como plagado de matices, me abandona en la última página con ganas de más y a la vez satisfecha. Probablemente, de entre las incoherencias del género humano que Monzó relata en sus breves, ésta sea la que mejor expresa: el absurdo del deseo por lo que no existe, la satisfacción en la insatisfacción constante.

24.9.05

Preferiría no hacerlo…

Miguel me decía ayer que tengo que escribir en este blog cada día: es un diario y es ésa, precisamente, su razón de ser. Yo le contestaba que se trata de una responsabilidad que no sé si quiero asumir y me disculpaba argumentando lo duro que es el turno de noche.
El caso es que me ha dado por pensar en el “síndrome de Bartleby” (acuñado por Vila-Matas e inspirado en “Bartleby el escribiente” de Melville). Dicha “patología” consiste, en esencia, en una insolente inclinación a la nada (al “no”) que, según Vila-Matas, explicaría el pertinaz silencio de muchos escritores.
“Bartleby y compañía” compila las historias de un buen número de autores que, en un momento dado, dejaron de escribir, o que, simplemente, prefirieron no empezar a hacerlo. Vila-Matas repasa sus justificaciones variopintas y los caminos que les llevaron a sentir terror por la primera línea de un texto. Eso sí, todas mucho más ingeniosas, obviamente, que la que yo daba a Miguel.

18.9.05

la peque dice hola


La peque dice hola, y lo dice con los pies, porque las manos se le han ido a abrazar a alguien que ya no está.

Traspiés y gracias

Me encantaría saber hacerme la digna. Conseguir identificar en qué preciso momento es necesario mirar hacia un lado y elevar la nariz, hasta que casi tropiece con la frente. Sentir que, en esa afectada postura, la tensión del músculo del cuello es directamente proporcional a lo encantada que está una de conocerse…
Pero no me sale, es una pena. Sospecho que aunque entrenase como una jugadora de élite, el mayor record que conseguiría sería el de abundar en una contractura perenne.
Sé enfadarme, eso sí sale solo, y me enfada lo que me duele (aunque a veces me enfade que me duelan según qué cosas).
Me disgusta profundamente que me traten como a un regalo de revista femenina (tótem superfluo donde los haya), que uno se cree con derecho a recibir y jamás valora. Es en esos momentos cuando me apetecería desgarrar el envoltorio de plástico y, alehop!, en un arrebato de dignidad, auparme a la palestra del Sotheby’s más bizarro.
Eso sí, cuando a mitigar mi pataleta concurren, a saber: el terciopelo incondicional de Estefanía, el oído paciente de Juanjo, un achuchón con asesoría legal de Pablo, el cabreo solidario de Berta, el guiño de Héctor, las palabras de la Nouvelle Cuisine, la caricia del ojo de Luis o la sonrisa de Vanesa; se me ocurre que a lo mejor no es necesario hacerse la digna, basta con saber mirar alrededor para encontrar quien le enmiende la plana a un traspiés.
Y gracias…porque sé agradecer y me encanta hacerlo.